Julio Casares, un hombre que amaba las palabras

por María Teresa Barbadillo de la Fuente

Profesora Titular Jubilada de la Universidad Complutense de Madrid.

Como “baza mayor quita menor”, voy a limitarme a rendir homenaje a don Julio Casares como hombre que amaba las palabras, refiriéndome sintéticamente a algunos aspectos de su excepcional personalidad. (Tal vez pueda parecer que me hago eco de uno de los títulos de José Luis Olaizola –El mancebo que amaba las palabras-, pero no hay tal, y esa cierta coincidencia del enunciado la descubrí después).

Conocí a Julio Casares de la mano de mi padre.

No fue un conocimiento personal –que tanto me habría gustado–, sino a través de su Diccionario ideológico. Mi padre consultaba sin pereza los diccionarios y tenía siempre a mano el de Casares. Ni que decir tiene que yo lo he hecho y lo sigo haciendo muchas veces, y que –para reflexionar sobre cuestiones de Fraseología y Paremiología, con la necesaria fundamentación teórica– he vuelto a menudo a su Introducción a la lexicografía moderna. Ocasionalmente, he leído discursos suyos, artículos científicos, colaboraciones en prensa, y parte de su copiosa correspondencia.

Paradójicamente, Casares amó las palabras “hablando poco y escuchando mucho”1. De sí mismo dijo: “Como toda persona más amiga de escuchar que de hablar; he huido siempre, en lo posible, de llevar en las conversaciones la voz cantante. He procurado (…) que mi interlocutor me hablase de lo suyo, de lo que él entiende y practica”2.

Amaba las palabras al preocuparse de la unidad de la lengua. Las repúblicas americanas que se emanciparon de España pretendieron en algún momento afirmar su nacionalismo rompiendo lazos. Pero resultaba absurdo marcar una línea divisoria infranqueable “basándose en las meras diferencias léxicas”3, que también existen en España. Por suerte, aun cuando existan diferencias de pronunciación, entonación y vocabulario, la morfología y, sobre todo, la sintaxis, han conservado su unidad fundamental todavía hasta hoy, lo cual “es un maravilloso regalo de la Providencia”4.

Casares también amó las palabras en las Nuevas normas de prosodia y ortografía (aprobadas en 1952, aunque no fueron preceptivas hasta 1959). Lógicamente, hubo críticas 5 y comentarios, pero él las defendió, aun siendo consciente de que los criterios humanos pueden ser falibles. En general, fueron normas acertadas, que buscaron aproximarse a la realidad, y en aquel momento encauzaron el desorden que reinaba, transigiendo con el uso en algunos detalles. Ni aquellas ni ningunas tienen carácter definitivo de manera indefinida.

Por amor a las palabras apreció las locuciones, las frases proverbiales y los refranes, aunque al parecer por su advertencia salieran de los diccionarios académicos para ser recogidos en repertorios. Con el fin de deducir rectamente la intención de estos elementos léxicos, consideraba importante, no solo determinar la veracidad y el nivel moral de sus consejos, junto con los hechos de experiencia que reflejan, sino fijarse en las palabras con que se acuñaron, por su sentido recto o traslaticio y por los cambios que han podido experimentar sus acepciones. Resultan caracterizadores de la psicología colectiva de los hablantes, pero Casares alabó en ellos singularmente “los aciertos de expresión que contienen, (…) la novedad y atrevimiento de las metáforas y (…) la agudeza de ingenio6 que revelan. Prefirió, de todas todas, la calidad a la cantidad, y reclamó que se documentara su origen, ya que hay veces en que los refraneros se engrosan a base de incluir enunciados que no están acreditados propiamente como paremias.

Sin duda, amó las palabras, pues a ellas dedicó artículos etimológicos y de historia de la lengua, y sobre todo de lexicología y semántica7. Resultan de gran interés sus explicaciones en varias de sus publicaciones sobre distintas expresiones y voces, y sobre los “falsos amigos”8, que tanto pueden distorsionar las traducciones. En cuanto a la invención de palabras y a la admisión de voces exóticas, su criterio se mostró más bien amplio que estrecho9. Si algunos le consideraron purista, no se privó de declarar que su “modestísima actuación en asuntos del idioma se compagina a duras penas con el concepto usual de purismo”10. Aseguraba, además: “Soy poco amigo de aventurar opiniones, y menos censuras, cuando no he de poner a renglón seguido la autoridad que me sirve de apoyo o el razonamiento que estimo convincente”11.

Otra muestra del amor de Casares por las palabras fue su dedicación a la crítica. En su caso, siempre bienintencionada. Si la calificó “efímera”12 y de “profana” fue por no considerarse propiamente crítico literario 13. No obstante, con pruebas objetivas de referencia demostró el fundamento del juicio que emitía, evitando la mera complacencia sentimental: “no me satisfacen esos lirismos floreados, esas fosforescencias subjetivas, esas vacías sonoridades verbales (…) Prefiero la impugnación franca y concreta, que revela estudio de la obra y aprecio de autor, aportando, en cuanto posible, los elementos de prueba de mis juicios. 14 Por ejemplo, nos hizo ver que muchas de las páginas de Valle Inclán eran “un traslado literal” de otras también suyas 15, y cómo los asuntos de varias de sus obras venían a ser casi los mismos. Si le afeó que abusara de las frases cortas y desligadas 16, y que su prosa presentara consonancias poco afortunadas 17 en cambio valoró que inventara palabras, empleara acepciones nuevas de voces conocidas, resucitara vocablos anticuados e introdujera algunas palabras extranjeras 18. Y nos ha dejado también otras varias apreciaciones sobre autores como Galdós, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Blasco Ibáñez, Manuel Machado o Fernández Flórez 19 .

Ese amor a las palabras, aun con la seriedad con que trabajaba y su ideal de precisión, no le privó de una cualidad estimable como es la disposición del ánimo para el humor, que entendía como “la interpretación sentimental y trascendente de lo cómico 20”. Dos anécdotas pueden ilustrarlo. Cuando explica cómo se le ocurrió preparar el Diccionario ideológico, asegura que no tuvo la visión “profética de aquel personaje que, al alistarse en los tercios de Spínola para la campaña del Palatinado, se despedía de sus deudos exclamando: “Parto para la guerra de los 30 años. 21 (Duró, esencialmente, de 1618 a 1648). Recuérdese que el Diccionario le supuso veintidós años de trabajo ingente, a los que hay que sumar tres años más de trabajo fatigoso al finalizar la Guerra Civil. Y, al referir cómo vencieron la resistencia del arabista don Miguel Asín para que asumiera la Dirección de la Academia, confiesa que se valieron de la estratagema de asegurarle que, aceptarla de manera interina, no le obligaba a nada. Con ironía, apostilla Casares que de ese modo triunfó la gramática “que él [Asín] se había olvidado de cultivar: la gramática parda.22 (Es decir, la habilidad para conducirse en la vida y salir a salvo o con ventaja de situaciones comprometidas). Claro que luego hubieron de oír sus quejas: “Me han clavado al sillón”.

De su amor a las palabras nació su recomendación de que cuidemos de nuestra expresión, de que no estropeemos las herramientas del idioma, de cuánto importa conocer bien el valor de las palabras 23 y su manera de combinarse, ya que fue muy sensible a la importancia de la sintaxis. Sin dejar de lado su advertencia de que “hay cosas que no se pueden decir… ni a solas” 24, lo que no equivale a pensar que un idioma pueda prescindir de algunos términos o modos de decir; pero registrarlos no equivale a recomendar su empleo a la buena de Dios.

Nuestra lengua tiene una flexibilidad que no poseen otras, ya que “hay partes de la oración que no tienen un sitio fijo en la frase” 25, y Casares -tal vez por su formación y su sensibilidad musical- prestó atención a la propiedad semántica y a la sintaxis sí, pero sin descuidar el ritmo y la sonoridad armoniosa 26 que merece “un producto ennoblecido y refinado ya por larga serie de generaciones y por claros ingenios” 27.

Con esto se despide mi cortejo de admiraciones y llega el de las exigencias a las que ellas nos obligan: la voluntad constante pero renovada de conocer bien y amar nuestra lengua, junto con la atención al paso del tiempo, siempre inexorable 28.

Nunca he salido defraudada de la lectura de sus trabajos,sino todo lo contrario (como él mismo refiere en El humorismo… que contestó en cierta ocasión para salir del paso de una pregunta de respuesta no fácil. Esta locución conjuntiva formaría luego parte del regocijado repertorio familiar).

Cuando algún estudiante había de repetir un examen o un trabajo, a veces lo alenté contándole cómo Casares se sobrepuso al largo y áspero camino que recorrió -colmado de dificultades y amarguras- hasta ver publicado su Diccionario ideológico 29. No sin motivo, Cervantes aconsejaba en La Gitanilla (1613) que hay que dar tiempo al tiempo, pues, al cabo, “suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

Don Julio Casares Sánchez, hijo de la hermosa ciudad de los cármenes, fue pacientemente humilde y no buscó lucir su talento, sino practicar la expresión verbal con verdad y de corazón. Por eso les he dicho que fue un hombre que amaba las palabras.

1. Como, según cuenta en El humorismo y otros ensayos, Madrid, Espasa Calpe, 1961, p. 200, que practicó con don Francisco Rodríguez Marín en los últimos años de vida de éste, a la sazón Director de la Academia.

2. El humorismo…, p. 85.

3. La unidad de la lengua en los pueblos hispanos, discurso leído en el acto de clausura del curso académico de 1953, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santander, 1953, p. 21.

4. Ibídem, p. 24.

5.Así sucedió, por ejemplo, con la propuesta de supresión de la p- en palabras que empiezan por ps- como psicología, que no convenció porque, considerando su etimología, sicología cabría entenderse como ‘la ciencia de los higos’, de σῦκον sŷkon ‘higo’, en lugar de ‘tratado del alma’.

6. Divertimientos filológicos (Crítica efímera, I), «El tesoro paremiológico», Madrid, Espasa Calpe, 1947 (2.ª ed.), p. 122.

7. Algunos los reunió en libros como Cosas del lenguaje, Madrid, Espasa Calpe,1973 (2.ª ed.), puesto que de esa forma creyó –acertadamente- que llegaban de manera más eficaz a sus lectores.

8. En El humorismo…, p. 276 y sigs.

9. Crítica profana (Valle-Inclán, Azorín, Ricardo León), Madrid, Imprenta Colonial, 1916, p. 154.

10. Divertimientos…, p. 62.

11. Cosas del lenguaje, p. 138.

12. Crítica efímera, II (Índice de lecturas), Madrid, Saturnino Calleja, 1919.

13. “Yo no soy literato ni crítico”, en «Varias definiciones a manera de Prólogo», Crítica profana…, p. 9. Su interés era mostrar el estilo, esto es, los procedimientos usados preferentemente por cada escritor, con sus aciertos y preferencias.

14. Crítica efímera, II, p. 27.

15. Crítica profana, p. 23.

16. Ibídem, p. 65.

17. Ibídem, p. 72.

18. Ibídem, p. 43.

19. En Crítica efímera, II.

20. El humorismo …, p. 29.

21. El idioma como instrumento y el diccionario como símbolo, Madrid, 1944, p. 73.

22. El humorismo…, «Un Director de la Academia mal de su grado (Don Miguel Asín y Palacios)», p. 209.

23. “El ideal de precisión a que debe aspirar todo lenguaje pide que cuando existe un vocablo de valor específico no se le emplee para significar cosa distinta, y menos si esta cosa dispone ya de expresión adecuada.”, Cosas del lenguaje, p. 96.

24. Crítica profana…, p. 164.

25. Ibídem, p. 175.

26. Ibídem, así analizando la manera de escribir de Azorín, p. 175 y sigs. y la de Ricardo León, p. 327.

27. El idioma como instrumento…, p. 23.

28. “No se le pide a nadie –entiéndase bien– (…) que se exprese en la lengua de los clásicos, empeño a que muy pocos podrían atreverse sin caer en ridículo; pero existe como propio de cada época un promedio de corrección que está al alcance de toda persona educada”, La unidad de la lengua…, p. 28.

29. En el capítulo «Un inventario del idioma» de El idioma como instrumento…, pp. 73-86, refiere cómo lo concibió y con qué sacrificios, dedicación y dificultades lo llevó a feliz término.

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